
Ventura Pons, el director, nunca ha sido santo de mi devoción, no me convencía, quizá las novelas, quizá las adaptaciones, en fin... Ninguna de sus películas me terminaba de convencer. En cambio ésta, aunque también persista en esa idea de multiplicidad, tiene cierta coherencia, y es ahí dónde se hace más creíble. A pesar de la historia del guardia de seguridad, que quizá sólo añade el tema del peligro al estar en juego una pistola, un Macguffin un tanto absurdo... El resto, melodramático y folletinesto, es creíble como la vida misma. Hay de todo, pero sin caer en el esperpento exagerado e increíble de Almodovar, sino en el culebrón, algo que, si hurgamos en la vida cotidiana y estamos atentos a lo que la gente nos cuenta (u oímos las conversaciones en la calle y atamos cabos o imaginamos un poco) veremos como lo más natural.
De todos modos hay algo en el final que me desagrada. Y es, posiblemente, que queden hilos sueltos. Tiene su gracia, su redondeo de principio-final. Esas contradicciones humanas, esa verosimilitud en la unión de personajes tan diferentes... Sin embargo me sentí defraudado, aunque quizá la intención fuese esa, hacernos comprender que es imposible llegar al fondo del ser humano y que, como dice uno de los personajes que es cirujano, el alma no es visible como el corazón o los riñones.
Interesante, triste y humana. Mapa de sombras, en realidad.
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